De interés son sus ligazones con España. Carlos V se detuvo allí durante su doble coronación en 1530, y admiró sus notables pinturas[1]. El hospital alojó también a Carlos III siendo príncipe[2], y fueron estrechas las relaciones del Colegio de España con el conjunto monástico y sus abades[3]. Tuvo un papel determinante en las artes, albergando frescos e importantes pinturas[4], además de relevantes personalidades y coleccionistas del momento[5]. Quizá alguno se detuviera a rezar, en el altar de la Capilla de la Enfermería, ante este lienzo de Denis Calvaert.
El destino de la obra condicionó pues la naturaleza del asunto. Se trataba de mostrar una imagen ejemplar, al tiempo que invitar a meditar sobre este milagro de Jesús, y trasmitir principios de misericordia y caridad. Es la idea que debió animar al comanditario de la pintura, probablemente el abad, que se hizo representar en el margen inferior y cuyo nombre desconocemos. Calvaert previó su retrato en el dibujo preparatorio, igual que en otras obras de su mano con presencia de donantes[6], lo que no deja de ser revelador de una tendencia recurrente y posiblemente arrastrada de su formación, pues este recurso realista es más común en sus precursores flamencos que en los italianos que le inspiran.

La pintura permaneció en el monasterio hasta la llegada de las tropas napoleónicas. Tras la toma de Bolonia en 1796, Napoleón firmaba un armisticio que comprometió numerosas obras de arte. El Monasterio de San Michele in Bosco fue suprimido en 1797 y, dada su posición estratégica, se convirtió en cuartel de la soldadesca; posteriormente fue penal (1804), villa del cardenal Spinola (1843) y Villa Real (1860). Desde 1896, y por voluntad del cirujano Francesco Rizzoli, es sede de un instituto médico.
En tiempos napoleónicos, vivía en la colina de enfrente el ministro Aldini, en una villa antigua que aún lleva su nombre, después ocupada por el ejército austriaco[7]. Vivant Denon recorre los monasterios suprimidos por toda Italia, seleccionando obras para completar la colección imperial. “De más de 6000 cuadros –dice en carta del 9 de marzo de 1812-, sólo he designado unos 72 de maestros totalmente desconocidos en Francia; no he marcado una sola obra de cuyo pintor posea ya el museo alguna producción, buscando siempre conciliar los intereses locales con los de Su majestad”[8]. Con la supresión de los monasterios, muchas obras se llevaron al museo de Brera[9]. De hecho, fue lo que sucedió con el otro cuadro de Calvaert que se encontraba en el Monasterio boloñés. Éste quedó allí, pero el de Jesús curando a los enfermos debió salir y perderse en el trasiego de obras de arte y el traslado de muchas para el museo de Roma y la decoración de los palacios imperiales[10].
En cualquier caso, a mediados del siglo XIX, viajeros ingleses de visita al monasterio comentan el saqueo francés, lamentándose del deterioro de los frescos y de la desaparición de las pinturas[11].
Ignoramos el paradero de Jesús curando a los enfermos hasta su reciente aparición en subasta de 2006, en cuyo catálogo se señala como procedente de la colección de Mr. Steinort de Londres, según etiqueta al dorso, que informa también de su exposición en Karlsruhe en fecha indeterminada.
Son pocas las pinturas de Denis Calvaert de las que se puede seguir el rastro en España: su nombre parece haberse diluido en la historia del coleccionismo de nuestro país. Sabemos sólo de una pintura suya (hoy sin localizar e inadvertida en la monografía del pintor) que tuvo un español en su colección, el Marqués de las Marismas, Alejandro Aguado y Ramírez, exilado en París desde 1815. Representaba un tema no muy lejano del que nos ha ocupado hoy: la Resurrección de la hija de Jairo, cuadro imponente en tamaño y número de figuras, referido en el catálogo de su colección (1841)[12] y comprado en subasta tras su muerte por Baudicour[13].
“El primer maestro de la escuela boloñesa –se apunta en la introducción del aquél catálogo de 1841- sólo es conocido hoy por la deserción de sus alumnos, que lo abandonaron atraídos por los Carracci y lo novedoso. Es un curioso ejemplo de lo azaroso y fugitivo de la fama”[14].
Para contrarrestar el olvido están afortunadamente las obras, y el trabajo de los investigadores: así, las dos pinturas del Museo del Prado recuperadas por Ana Diéguez del anonimato (y estudiadas en las páginas precedentes), dan prueba de que el silencio documental respecto al pintor en España no responde a una realidad.